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La cumbre anhelada del Volcán Iztaccíhuatl

Descubre la pasión, la perseverancia y las reflexiones desde lo más alto de esta travesía única, tejida con la magia del Club Alpino Aire y la majestuosidad del icónico Volcán Iztaccíhuatl.

Visita el volcán más sagrado e inactivo de México: Iztaccíhuatl. (Especial: INAH)
Volcán inactivo Iztaccíhuatl. | Visita el volcán más sagrado e inactivo de México: Iztaccíhuatl. (Especial: INAH)
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Hay pasiones que nos llevan a explorar lo más profundo de nuestra existencia, y para mí, el montañismo es una de esas fascinaciones que ha transformado mi vida. Comencé esta aventura hace 18 años, un novato inexperto, seducido por los encantos del campismo. Sin embargo, pronto descubrí que esto no era simplemente acampar; era una guerra contra mí mismo, una lucha donde la mente y la disciplina desempeñaban roles cruciales.

Mi primer viaje como montañista me llevó a ‘Las Conchas’, lejos de la imponente cima del volcán Iztaccíhuatl, conocido como la ‘Mujer Dormida’. Aunque la majestuosidad de la cima aún no estaba a mi alcance, el amanecer en ese lugar dejó una marca imborrable en mi memoria.

El sueño postergado de la cima

Si bien no soy una persona que esté obsesionado por hacer ‘cimas’, ya que para mí lo más importante son las experiencias de cada viaje y las personas, tuve dos intentos fallidos en 2008 y 2016, donde me quedé cerca pero no lo logré, sentí la imperante necesidad de enfrentar el desafío para saldar una deuda conmigo mismo. Sin embargo, la pandemia y la inseguridad en la zona me alejaron temporalmente de mi querido volcán.

La vida cambió con la llegada de la pandemia: me casé, fui padre y sentí la urgencia de compartir estas experiencias con mi esposa y con mi hija. Así, en Navidad de 2022, mi tío Juan Bernal Sampallo, el hombre que me introdujo a este mundo en 2005, y yo, planeamos nuestro retorno.

El regreso a las alturas

A lo largo del 2023, contacté a antiguos y nuevos compañeros, reuniendo a aquellos que compartían la misma pasión en el Club Alpino Aire, fundado en 2006. A pesar de los desafíos y las expediciones fallidas, hemos mantenido vivo el espíritu de la montaña.

Dos amigos expertos, Jorge y Darién, este último con varias cumbres en distintos volcanes, me alentaron a superar mis dudas y pensar en el ascenso. Después de años de practicar montañismo de media montaña, decidí que era hora de enfrentar la cumbre del Iztaccíhuatl.

La travesía hacia la cima

La travesía comenzó a las 19:46 horas del viernes 10 de noviembre. Junto a mis amigos Erick y Darién, el primero aún sin haber alcanzado la cumbre, al igual que yo, y el segundo, quien ya lo había logrado, avanzamos hacia Cruz de Rosas, un lugar mágico entre rocas, zacatales y riachuelos. La belleza de la noche y el cielo estrellado nos envolvieron mientras ascendíamos, guiados por un perro al que bautizamos como ‘Canelo’, por su color café y negro, que nos siguió desde Paso de Cortés. Decidimos acampar esa noche para, al día siguiente, continuar rumbo a ‘Ayoloco’.

Misión 11-N, el día más difícil

El segundo día, al que llamamos “11-N”, sabíamos que sería pesado al cargar todo el equipo desde Cruz de Rosas hasta Ayoloco, pero el deseo era mayúsculo.

Aunque el camino fue difícil por ser empedrado, entre lodo y polvo, la llegada al Refugio ‘Ayoloco’ marcó un momento crucial en nuestra travesía. La constatación de que la hora era propicia nos motivó a continuar y alcanzar la majestuosa Arista del Sol, situada a imponentes 5 mil 100 metros sobre el nivel del mar. Con determinación y pasión, logramos este hito casi a las 3 de la tarde, aprovechando el momento para reponer energías con una breve comida.

Sin embargo, la naturaleza nos recordó su poderosa presencia a las 18:00 horas, desatando una ventisca impetuosa que desafió nuestra perseverancia con vientos fuertes.

Este embate en el 11-N nos obligó a guarecernos en nuestras casas de campaña, colocadas a escasos metros de la gloria que buscábamos alcanzar. En medio de la fuerza de la montaña y la intensidad del viento, nuestros corazones latían con la expectativa del día siguiente, el día en que haría realidad mi sueño de conquistar la cumbre.

Al despertar, Darién ya se había alistado, mientras Erick y yo analizábamos si era conveniente subir o no. Tras la noche anterior, el malestar de mal de altura, unido al cansancio, se hizo presente. Vomité y me sentía asqueado. No estaba seguro, sin embargo, Darién preguntó: “¿Van o se quedan?” Mi respuesta fue “Vamos, sí se puede, lo lograremos”. Erick apostó por el sí y comenzó el golpe final.

Emoción y adrenalina en la cumbre

A las 7:00 de la mañana del 12 de noviembre, el sueño estaba por cumplirse. La temperatura era fría y la atmósfera se llenaba de una tensión expectante. Cada paso era una conquista, cada bocanada de aire fino nos recordaba la altura a la que estábamos desafiando los límites.

La incertidumbre y la expectación crecían a medida que nos acercábamos a la cima. La majestuosidad del paisaje se revelaba con cada paso, y las emociones se intensificaban a medida que ascendíamos a alturas inimaginables.

A las 7:30 de la mañana del 12 de noviembre, el sueño se hizo realidad: estábamos en la cumbre del Iztaccíhuatl, a 5 mil 230 metros sobre el nivel del mar.

Reflexiones desde lo más alto

Al contemplar mi entorno, las lágrimas amenazaron mis ojos. Observaba las nubes mientras el viento chocaba contra mi rostro, mis manos se hallaban frías, y el malestar se desvanecía. Recordé cada caída, cada intento fallido, cada paso que me condujo a este momento, cada historia con mis primos y amigos. La felicidad y emoción me embargaban por completo.

Esta cumbre representa un tributo a la disciplina, la persistencia y mi pasión desbordada por el montañismo. Dediqué este logro con especial afecto a mi hija, esposa y familia, así como a cada uno de los compañeros del Club Alpino Aire y del hombre que me introdujo a este paraíso: Juan Bernal Sampallo.

El regreso fue un descenso lleno de gratitud, rodeado de paisajes que pocos conocen. La cumbre es solo un punto en la historia del montañismo, pues la solidaridad, la lealtad y la amistad son tan importantes incluso más que la propia cima.

Hoy, con agradecimiento, puedo decir que 5 mil 230 metros forman parte de mi historia, una historia que va más allá de la conquista de una cumbre, porque AIRE es una historia de felicidad, amistad, amor y la dicha de explorar lo desconocido.

Volcán Iztaccíhuatl, tenía dos cimas en mi haber, pero ninguna tan alta como la tuya. Experimenté tristeza al observar tus glaciares al borde del colapso, ante un deshielo inminente y a pesar de la pérdida de tu blancura, persistes hermosa, única e irrepetible. Ante la majestuosidad del Popo, te agradezco por esta alegría. Espero regresar pronto para continuar admirándote. ¡Gracias!


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